Nombre.
Una sensación de felicidad se adueñó de cada fibra de su cuerpo, de cada poro de su piel, ocasionando que su sonrisa creciera y sus ojos emitieran un brillo radiante. Y pronto su felicidad comenzó a esfumarse cuando poco a poco su reflejo mutaba a otro. No, no otra vez. Ahí estaba aquel que no era él. Aquel que emanaba tristeza, aquel que poseía unos ojos tan enigmáticos, tan peculiares. Aquellos ojos que parecían tintados de todos los colores y de ninguno a la vez.
—¿Quién eres? —cuestionó.
Y