“En aquel entonces, los Kent seguían siendo mis aliados. Me dieron un frasco y me dijeron que era una vacuna que podía combatir la infección del virus. Así que como confié en los Kent y en lo mucho que me preocupaba el bienestar de mi hija, la compré con mucho dinero. Luego le inyecté la vacuna a mi hija”.
Hernandez apretó los puños y rechinó los dientes. “No esperaba que mi hija se infectara por el virus. No me extraña que un año después abandonara repentinamente de Armas y viajara a Morwich c