Siempre he pensado que soy una mujer afortunada en la vida , alumbrada por una sempiterna buena estrella. Ya nos íbamos a marchar de la pista de carrera Daysi y yo tras cronometrar los aprontes y la práctica de mis caballos, cuando Don Roosevelt, el preparador de mis animales, me pasó la voz entusiasmado y efusivo. -¡¡¡Señorita Monroe!!! ¡¡¡No se vaya!!! ¡¡¡Quiero hablar con usted!!!-, se vino a toda prisa, dando trancos, hasta la cochera del hipódromo donde tenía mi auto.
-¿Qué ocurre, Do