El coche iba rápido. Alejandro mordía sus labios, estaba muy nervioso y sus ojos estaban fijos en la carretera.
Quería decirle que no necesitaba ir tan rápido, que no tenía prisa alguna por llegar.
Al instante, Alejandro, como si pudiera oír mi pensamiento, redujo poco a poco la velocidad.
Él sonrió y dijo:
—Ya casi llegamos, Camila, ¿tienes miedo?
En sus ojos había una emoción que no lograba entender.
Sacudí un poco la cabeza: No tengo miedo.
—Qué bueno que no tengas miedo, Camila. E