—¡No!
Al sentir la intención asesina en los ojos de Juan, Rafael se aterrorizó tanto que casi perdió por completo el alma: —¡Perdóname, por favor! ¡No tuve nada que ver con el incendio de Ángel Guardián!
—Te lo suplico, déjame vivir. Si me perdonas, estoy dispuesto a testificar contra los Pérez y revelar todas sus atrocidades en lo absoluto.
Aunque decía estas palabras, sus ojos mostraban un fuerte destello de odio apenas perceptible.
Él juraba que, si lograba sobrevivir hoy, haría todo lo posib