Aunque Juan era un maestro del arte marcial, al fin y al cabo, no era un dios; seguía siendo un ser humano con un cuerpo mortal.
Juan dejó escapar una amarga sonrisa mientras bajaba la mirada para poder inspeccionarse a sí mismo. Su ropa y pantalón estaban rotos en varios lugares, y además, su cuerpo tenía nuevas cicatrices.
Cuando, Juan recordó lo que había sucedido antes de que perdiera el conocimiento.
Si no se equivocaba, había seguido a Salvador hasta el borde del abismo. Acorralado, Salvad