—Sabino, no te preocupes por eso. En cuanto obtenga lo que necesito, me encargaré de eliminar a tu enemigo, Luis— afirmó el anciano tatuado llamado Maestro Barú, afirmándolo con determinación.
—¡Doscientos millones, una vez!
—¡Doscientos millones, dos veces!
El subastador miró asombrado a su alrededor, levantando el martillo en su mano, a punto de cerrarlo con el golpe final: —¡Doscientos millones, tres veces!
Justo en ese momento, una voz calmada salió desde la habitación número 3: —¡Tresciento