Como siempre, la excusa funcionó perfecto.
Al escuchar que Juan se había separado de su grupo de cazadores del clan, los comerciantes, ya fuera por compasión o simple cordialidad, no hicieron demasiadas preguntas al respecto. Solo le pidieron su nombre y, tras una breve conversación, le asignaron un lugar para descansar, instándole a que se relajara y durmiera temprano.
Más tarde, durante la cena, el hombre que lo había recibido con su lanza invitó respetuoso a Juan al fuego central. Estaban asa