Miradas lejanas, roces accidentales, suspiros indetenibles.
No podían negarlo, por más que lo quisieran, era algo que no imaginaron ni desearon, pero pasó.
Gálata simuló no haberlo visto, cuando ya tenía ese rostro grabado en su memoria.
Marcelo no quería aceptarlo. Él era un hombre de acero, conoció la maldad en el mundo desde su niñez, se impregnó de ella y ahora ver una sensibilidad tan resaltante en la especialista, le era muy curioso. Demasiado como para ignorarlo.
__ Son tres dosis. -