Richard la había esperado bajo el frondoso árbol a la orilla del río, un escenario que parecía sacado de una pintura. Mel, nerviosa, había acudido al encuentro. Entre ellos flotaba una tensión especial: ni del todo enemistad, ni del todo complicidad. Era como si ambos disfrutaran al mismo tiempo de desafiarse y de buscar la rendija por donde acercarse más al otro.
—Así que viniste —murmuró Richard con esa sonrisa que desarmaba a cualquiera, aunque en su caso también llevaba consigo una pizca de