Había una tenue lamparita encendida. El pequeño estaba chupándose una manita y movía sus piecitos frenéticamente. Dante lo alzó en brazos y lo miró embobado. Era tan parecido a Alina y a él. Su piel asemejaba la porcelana, esos ojazos, la mirada profunda. Estaba muy agradecido por no haberlo perdido. Lo arrulló unos minutos, pero parecía que éste había perdido el sueño y sólo quería jugar. Ángel empezó a inspeccionar el rostro de su padre y se detuvo en su oreja. Comenzó a tocarla y a jugar con