Intenté zafarme con todas mis fuerzas de sus brazos, pero no obtuve gran éxito con ello; ya que él entre risas me condujo de regreso al sofá, obligándome a sentarme en sus piernas; para besarme con descaro mi espalda desnuda, esperanzado de que me calmara un poco del terror que me producían sus ideas.
Debía admitir que sus caricias desmesuradas me calentaban más de la cuenta, me desconcentraban en cuestión de segundos, dejando mi mente en blanco.
Tanto era mi estado absorto, que ni enterada est