Leónidas.
La ultima vez que la había encerrado en esa sala, su mirada era completamente diferente. Ahora sabía que ella quería estar allí, que no me pediría que la dejara ir, que… me necesitaba.
Y eso, después de todo lo que habíamos pasado, me hacía sentir más que agradecido.
Mi mujer tanteó la mesa de metal con sus manos, una sonrisa pequeña, casi nerviosa, apareció en su rostro. Yo seguí avanzando, hasta que estuvimos frente a frente.
Nuestras respiraciones se mezclaron, de una forma delicio