Por ti.
—Porque nadie te ha amado como yo.
El silencio llegó.
Leónidas bajó la mirada. Sus dedos temblorosos recorrieron el borde del marco de madera, luego el pequeño relieve de la pintura. Tragó hondo. Algo dentro de él, que llevaba años roto, se removió y unió, frágil, pero a la vez resistente.
Se acercó más, dejando la pintura en medio de ellos, y entonces llevó la mano a su mejilla, la acarició.
—No sé qué hice para merecerte… —murmuró, con voz rota.
La morena negó de inmediato, se apartó de él un