—¡Por las barbas de Merlín, no descansaré hasta que esa arpía dorada muerda el polvo!—exclamó Bastian, con el dedo tembloroso sobre el gatillo, apuntando a la bestia mitológica. La Quimera, hinchada de ira y con los ojos inyectados en sangre, se preparaba para lanzarse sobre el desdichado humano, cuando de repente, un aliado monstruoso, un camarada de sombras, se deslizó junto a él.
—¡Alto ahí, compadre!—La voz del recién llegado era un susurro grave que se deslizaba como la niebla entre los ár