—¡Soldados! —La voz de Lylo resonó con una autoridad inquebrantable, un grito que cortó a través de la tormenta. Su cabello dorado, empapado por la lluvia, brillaba con un destello casi etéreo bajo la luz tenue. Sus ojos, fríos como el acero, se clavaron en la figura imponente de su antiguo amo, el Lord que una vez le había salvado la vida.
El dolor de la traición estaba presente, un eco constante en su mente, pero Lylo lo mantuvo a raya, su determinación superando cualquier duda. Había tomado