—Nathan, me tengo que ir —murmuré mientras me ponía de pie, mirando el reloj en la mesita de noche de madera.
Eran las 4 de la mañana, tarde para estar aquí. La luz de la lámpara era suave, daba un ambiente medio triste medio y reconfortante.
—Alondra, odio las despedidas y odio que tengas que irte. Todo por ese tipo maldito —dijo mientras me abrazaba por detrás y me daba un beso en el hombro.
—¿Te dan celos, Matute? No tengo síndrome de Estocolmo, no te preocupes. Te ves lindo cuando estás ce