Ante la renuencia de Gérard de permitirle seguir trabajando, la emperatriz se sintió un poco ofendida y estuvo a punto de reclamarle por su actitud, pero como su cuerpo ya empezaba a resentir el cansancio por llevar varias horas en una misma posición, aceptó marcharse de mala gana.
—¡Ains! Está bien, me iré.
—No se enfade conmigo, majestad —suplicó Gérard, preocupado por su reacción.
—Sí, estoy enfadada, pero es cierto que debo descansar. Tú también deberías hacerlo —replicó la emperatriz co