De camino a la comisaría, O’Neill observó cómo Alahan salía de las dependencias de los peritos en tecnología, como si hubiese sido escupido por un huracán.
Sin pensárselo dos veces, se encaminó hacia él y, bajando la ventanilla y sintiendo cómo el gélido aire del otoño se adentraba en el coche, gritó:
—¡DOYLE!
El aludido miró alrededor de él, desconcertado, hasta que sus ojos dieron con el coche patrulla en el que se encontraba Howard O’Neill.
—¿Qué sucede? —preguntó el comisario, una vez Al se