Con un último asentimiento, Sofía se puso en movimiento. Su mente ya estaba repasando los detalles del proyecto, las cláusulas y términos de los convenios. Pero bajo todo eso, la inquietante sensación de ser observada persistía, un recordatorio constante del peligro que aún acechaba en las sombras.
La señora Elvira López, la madre de César, estaba sentada en su antiguo sillón de cuero, absorta en un mar de fotografías envejecidas que se extendían por toda la mesa de café. Cada una de ellas era