Montenegro apagó su habano, su expresión inmutable. Luego lanzando una mirada de entendimiento a Delia, inició a hablar.
—Estamos tan desconcertados como ustedes, oficial. Llegamos a la habitación de nuestra madre y hermana para encontrarla vacía y a esos hombres en el suelo.
—¿Los hombres enmascarados no vinieron con ustedes? —preguntó otro oficial, su tono acusatorio.
—No tenemos nada que ver con ellos —respondió Delia. —Nosotros también queremos saber quiénes son. Pero exijo que me digan