Mariana Carbajal
Apenas logro controlar mi respiración; sé que mi rostro se ha encendido. Me obligo a ordenar las emociones que aún me sacuden, porque si cedo un segundo todos lo notarán. Me detengo brevemente, inhalo con cuidado, acomodo mi cabello y retomo el paso con firmeza, negándome a permitir que mi cuerpo traicione lo que mi mente ya ha decidido dominar.
—Parece que finalmente recordaste que debías venir a trabajar —escucho la voz de Cristina, cargada de veneno, apenas cruzo la puerta d