Mariana Carbajal
Mis tacones resuenan contra piso el pasillo, cada paso retumba en mis oídos como un eco imposible de ignorar. Todo suena demasiado fuerte, demasiado vivo… demasiado real.
A mi lado, Raquel me sostiene del brazo, brindándome apoyo en silencio. Su presencia es lo único que me mantiene en pie.
Al final del pasillo está mi padre.
Nos espera erguido, impecable en su esmoquin oscuro. Con su metro noventa de estatura, luce tan joven que, en más de una ocasión, lo han confundido con mi