Consecuencias

El mundo se había detenido en el instante en que Richard bajó la cabeza en el comedor. Aquel silencio no fue una confesión; fue una ejecución. Mi padre, el hombre que me moldeó como su heredero, el hombre al que serví con una lealtad ciega, acababa de revelarme que la mujer que poseí con cada fibra de mi alma era, ante las leyes del cielo y de la tierra, mi propia sangre.

Caminé p

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