El aire en el salón principal de la panadería pareció evaporarse en un milisegundo.
Leila se enderezó en su silla con una brusquedad que casi hace que sus rodillas golpearan la parte inferior de la mesa de madera.
Sintió un zumbido sordo en los oídos, sordo y punzante, mientras el calor de la indignación y la sorpresa le subía por el cuello a una velocidad alarmante, tiñendo sus mejillas de un carmín encendido.
—¿Mi mujer? ¡¿Cómo que "mi mujer"?! —preguntó Leila con los ojos abiertos de par e