—¡¿Qué?! —exclamó Leila, y la palabra escapó de su garganta cargada de una incredulidad absoluta.
Por más que conociera la bajeza de su ex esposo, por más que los años en prisión le hubieran enseñado que la crueldad humana no tenía límites, no podía dar crédito a las espantosas patadas que salían con tanta naturalidad de la boca de Mike.
—Piénsalo muy bien, Leila —insistió él, acomodando a Irene en sus brazos con una parsimonia que resultaba repulsiva—. Te lo estoy diciendo completamente en ser