De mal a peor

Una celda oscura, fría y con olor a humedad se convirtió en el nuevo hogar de Leila.

Pasó las primeras semanas abrazada a sus rodillas en un rincón, incapaz de asimilar la velocidad con la que su vida se había desmoronado.

Mientras ella se hundía en el abandono, afuera el mundo seguía girando a favor de sus verdugos.

Mike se recuperó con una rapidez milagrosa; el cuchillo, por mera "casualidad", no había tocado ningún órgano vital y la herida cerró sin complicaciones.

En el juicio, Leila descubrió lo indefensa que estaba.

Todo jugaba en su contra: las cámaras de la clínica la mostraban entrando con una bolsa a altas horas de la noche, el arma homicida tenía sus huellas dactilares y los testimonios de Teresa y otros empleados la pintaron como una esposa despechada y psicópata que había intentado cometer un crimen pasional.

El veredicto fue implacable: siete años de prisión. Por si fuera poco, el juez canceló el contrato prenupcial debido a la "conducta criminal" de Leila.

Se quedó sin su esposo, sin su dignidad y sin un solo centavo. En la absoluta miseria.

Cinco años después, gracias a la buena conducta, las pesadas puertas de la prisión se abrieron para otorgarle la libertad condicional.

Sin embargo, Leila pronto descubrió que había salido de una cárcel de concreto para entrar en una de prejuicios.

A nadie le gustaba contratar a una exconvicta.

Se presentó a cientos de entrevistas, limpió oficinas por propinas, suplicó en tiendas, pero en cuanto veían sus antecedentes, las puertas se le cerraban en la cara y ella necesitaba el dinero con urgencia.

Cuando ya había perdido toda esperanza y el estómago le rugía de hambre, pasó por un bar de mala muerte en los suburbios de la ciudad.

Un cartel maltratado en la entrada rezaba: «Se busca personal».

Para su sorpresa, el dueño, un hombre de mirada turbia llamado Malakai, ni siquiera miró su currículum.

Solo le recorrió el cuerpo con una lascivia descarada que le revolvió el estómago, y la contrató de inmediato.

El salario era una miseria, pero Leila no tenía opción, tenía un secreto que mantener. Aceptó el turno de la noche.

No tardó ni dos horas en darse cuenta de la verdad.

El lugar no era un simple bar; la música alta y las luces de neón solo tapaban un negocio de prostitución encubierta. Las camareras eran mercancía.

—Yo no hago eso —le advirtió Leila a una compañera, manteniéndose firme.

Se negó a que los clientes la tocaran, esquivando manos largas toda la noche, hasta que su suerte se terminó.

Un hombre gordo, asqueroso y de aliento fétido la sujetó del trasero por sorpresa y, de un tirón violento, la sentó sobre sus piernas.

El impacto hizo que la bandeja con tragos que Leila cargaba saliera volando, estrellándose contra el suelo en un estallido de vidrios.

—¡Mueve ese culo, mami! —le gruñó el hombre al oído, manoseándole los muslos con desesperación.

Leila bajó la vista y el asco la inundó. La piel de sus piernas estaba quedando cubierta de la grasa del pollo frito que el tipo devoraba.

Tenía los dedos embadurnados en manteca y no dejaba de restregárselos contra ella, ensuciándola, degradándola.

El recuerdo de la humillación de Mike y Teresa detonó algo en su cerebro. Ya no era la mujer indefensa de hace cinco años.

Sin pensarlo dos veces, Leila giró el torso y le plantó un codazo feroz e implacable directo en la barbilla.

Si algo había aprendido en la cárcel era defenderse.

—¡Puta asquerosa! —bramó el hombre, tocándose la mandíbula antes de empujarla con rabia.

Leila cayó de bruces contra el suelo pegajoso. Antes de que pudiera reaccionar para levantarse, los dedos grasientos del hombre se enredaron en su cabello y tiraron de ella hacia arriba con brutalidad.

Un grito de dolor desgarró la garganta de Leila, llamando la atención de todo el bar.

—¿Te crees muy fiera? —siseó el cliente, levantando el puño—. Yo te voy a enseñar cómo golpear con verdadera fuerza.

—Marcos, suéltala. —La voz de Malakai cortó el aire.

El imbécil tenía nombre.

—Pero esta maldita me...

—Pero nada. Yo mismo me encargaré de darle su merecido —aseguró el dueño del bar con una sonrisa gélida.

Marcos soltó el cabello de Leila, dejándola caer de nuevo, mientras en sus ojos brillaba una chispa de sádica expectativa.

—En ese caso, me alegro. Tu castigo va a ser mucho mejor que el que yo pensaba darle.

—Así será —asintió Malakai.

Chasqueó los dedos y, de la nada, un gorila enorme apareció al lado de Leila, levantándola del suelo por un brazo como si fuera una muñeca de trapo.

Casi sin aire, la arrastraron escaleras arriba hasta la oficina privada de Malakai. El guardaespaldas la arrojó sobre una silla y la sostuvo por los hombros.

—Déjanos —ordenó Malakai, sentándose tras su escritorio—. Vuelve a controlar el salón, yo solo puedo encargarme de ella.

El gigante asintió y salió, cerrando la pesada puerta de madera.

—No sabía que serías tan malagradecida, Leila —dijo Malakai, recostándose en su silla.

—Y yo no sabía que esto era un prostíbulo —escupió ella, sosteniéndole la mirada.

—Dicho así suena muy feo. Esto es un bar de "finales felices", y yo te di trabajo.

—No sabía para lo que estaba firmando —dijo entre dientes, apretando los puños.

—Cierto. Pero también es cierto que fui el único que te tendió la mano, ¿o me equivoco? —Leila guardó silencio, tragándose el orgullo—. ¿Sabes? De dónde yo vengo, la lealtad es lo primero. Pero más importante es darle su merecido a los que muerden la mano que les da de comer.

Malakai se levantó, rodeó el escritorio lentamente y se plantó frente a ella.

El miedo, denso y helado, se apoderó de cada célula de Leila. ¿En qué clase de infierno se había metido?

—Así que vamos a tener que enseñarte buenos modales.

El hombre se agachó, le agarró la barbilla con fuerza y, en un acto puramente humillante, pasó su lengua por la mejilla de Leila.

El asco la cegó. Antes de procesar lo que estaba haciendo, acumuló saliva y le escupió directo en la cara.

La expresión de Malakai se congeló. Se limpió el rostro con el dorso de la mano.

—Marcos tenía razón... eres solo una puta —dijo, con una calma que le heló la sangre a Leila.

Con una velocidad felina, Malakai la agarró del cuello, levantándola de la silla, y la estampó de espaldas contra el escritorio, tirando los papeles al suelo.

De inmediato, la giró boca abajo, presionando su rostro con fuerza contra la dura madera.

—Hoy vas a aprender a respetar —le susurró al oído, su aliento caliente rozándole el cuello.

Mientras la sometía con el peso de su cuerpo y una mano en su nuca, Leila sintió cómo la otra mano de Malakai comenzaba a tironear de su falda para subírsela.

El pánico total se disparó en su pecho. No. No otra vez. No iba a permitir que la destruyeran de nuevo. Tenía que salir de ahí o morir en el intento.

Extendió los dedos desesperadamente sobre la superficie del escritorio, arañando la madera, hasta que sus uñas tropezaron con algo pesado y metálico: un pisapapeles de bronce.

Reuniendo cada gramo de la fuerza, la rabia y el odio acumulados durante cinco años de encierro, balanceó el brazo hacia atrás y le incrustó el objeto de metal directamente en la sien.

El agarre sobre su nuca desapareció al instante. Malakai emitió un quejido ahogado y su cuerpo colapsó, cayendo al suelo con un ruido sordo.

Quedó completamente inconsciente, con un hilo de sangre brotándole de la cabeza.

Leila se incorporó, jadeando, con el corazón en la boca y el cuerpo temblando por la adrenalina.

Estaba aterrada, pero el tiempo corría. Si el gorila de la entrada subía, estaba muerta.

Miró a su alrededor con ojos frenéticos hasta que divisó una pequeña puerta trasera, distinta a la que usaban los clientes.

Corrió hacia ella, atravesó un oscuro pasillo lleno de cajas que olían a humedad y desembocó en el almacén. Sin detenerse a pensar, empujó la barra de la salida de emergencia y salió a la fría noche del callejón.

Corrió.

Corrió sin mirar atrás, con los zapatos golpeando el asfalto y el aire quemándole los pulmones.

Ahora tenía la razón más importante de todas para luchar.

No podía parar a averiguar si la policía volvería a buscarla por otro intento de asesinato. Solo sabía que tenía que huir.

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