Mundo ficciónIniciar sesión
Leila había pasado la tarde entera en la cocina, ignorando el cansancio de su propio día, solo para asegurarse de que Mike, su esposo, tuviera una cena caliente. Mike era un médico excepcional, siempre ocupado con su trabajo.
El aroma a lasaña casera flotaba dentro de la bolsa térmica que cargaba con cuidado. «Está trabajando hasta tarde en la clínica», se había dicho a sí misma con una sonrisa boba mientras conducía. Qué buena esposa era. Qué estúpida era. Cuando llegó al pasillo del piso administrativo, el silencio de la noche era casi absoluto, pero al acercarse a la puerta de la oficina de su esposo, un sonido diferente la congeló. —Oh, Mike, no pares... Más fuerte. La voz de Teresa, la asistente de Mike, atravesó la madera, afilada como un bisturí. Leila conoció su voz de inmediato. —Oh, nena, sí... —gruñó él. —¡Justo ahí! —Sé cómo te gusta. El mundo de Leila se detuvo cuando el sonido de una nalgada sonó por todo el lugar. El aire se volvió plomo en sus pulmones y la bolsa térmica resbaló de sus dedos, impactando contra la alfombra con un golpe sordo que los dos infieles ni siquiera escucharon. Sus manos comenzaron a temblar con un frenesí violento, una reacción física al vacío repentino que se abrió en su pecho. El corazón le latía tan fuerte que sentía los golpes en los oídos. Aun así, obligada por un impulso masoquista de certeza, extendió los dedos y giró el pomo. La puerta cedió. Ni siquiera se habían molestado en echar el seguro. El descaro dolió tanto como la traición. Al abrirla, la escena se grabó a fuego en sus retinas, una quemadura que sabía que jamás lograría borrar. Su esposo, el hombre con el que compartía su cama y sus sueños, estaba teniendo sexo con su asistente sobre el mismo escritorio donde firmaba los presupuestos de la clínica. Estaban tan perdidos en su lujuria que no notaron su presencia. Leila tragó el nudo en su garganta que amenazaba con ahogarla. Forzó a sus cuerdas vocales a obedecer, vistiéndose con una armadura de aparente frialdad para no desmoronarse allí mismo. —Ya veo que la reunión está siendo muy productiva —dijo. Su voz sonó firme, un milagro considerando que su cuerpo entero parecía sufrir un terremoto interno. Mike se separó de golpe, la cara pálida y los ojos desorbitados por el pánico mientras se subía los pantalones con torpeza. Teresa, en cambio, se tomó su tiempo. Se giró hacia Leila, se bajó la falda con una calma insultante y le dedicó una sonrisa cargada de una maldad triunfante. —¡Leila! —exclamó Mike, la voz quebrada—. No... no me dijiste que vendrías. Esto no es lo que... —¡No te atrevas a decirme que no es lo que parece! —El grito de Leila rasgó el aire de la oficina, cargado de una furia que empezaba a devorar su dolor—. Venía a traerte la cena porque me mentiste, ¡y te encuentro revolcándote con tu secretaria como si fueran perros! —Amor, cálmate, por favor... —¿Cómo tienes la maldita cara de pedirme que me calme? ¡Acabo de ver cómo me destruías la vida! ¿Desde cuándo, Mike? ¿Desde cuándo te ríes de mí en mi propia cara? —No debería ser una sorpresa para ti, querida —intervino Teresa, cruzándose de brazos—. Pero para tu información, estamos juntos hace ocho meses. Cada palabra de la asistente era una estocada. Ocho meses. Ochomil mentiras. —Tú cállate, no estoy hablando contigo —le espetó Leila, dedicándole una mirada cargada de un odio tan puro que habría quemado a cualquiera. —Teresa, no estás ayudando —masculló Mike, sudando frío. —No hay nada que salvar, Mike. No tiene sentido mentir, de todas formas ibas a dejarla pronto —soltó la amante, implacable. «Pronto». La palabra terminó de demoler los cimientos del corazón de Leila. Miró a su esposo, buscando un rastro del hombre que creía conocer. —¿Por qué hiciste esto, Mike? Éramos felices. Yo era feliz contigo... —¿Felices? —La culpa de Mike se transformó de repente en una crueldad defensiva—. Llevamos cuatro años juntos, Leila, y no has podido darme un solo hijo. No importa cuánto lo intentamos, nunca fuiste capaz de concebir. Tu matriz seca nos maldijo. El dolor de Leila mutó instantáneamente en una furia volcánica. El insulto la golpeó en lo más profundo de su feminidad, en una herida que ya de por sí sangraba en silencio. ¿Cómo se atrevía a usar su dolor más grande como escudo para su asquerosa infidelidad? —Ni siquiera hemos ido a una consulta de infertilidad —siseó ella, dando un paso al frente, la rabia templando sus nervios—. ¿Cómo sabes que el problema lo tengo yo y no tú? ¿Cómo sabes que no eres tú el estéril? —Oh, créeme, él no es el del problema —Teresa intervino con una sonrisa angelical mientras bajaba la mirada y se acariciaba el vientre aún plano—. Dentro de siete meses, Mike será papá. A Leila se le desencajó la mandíbula. El impacto físico de la revelación fue tal que sintió que el suelo se inclinaba. ¿Cuánto daño podía soportar una persona en un solo día? ¿Cuánto más planeaban humillarla? Se estaba hundiendo en un pozo oscuro y sin fondo, pero en medio de la negrura, el orgullo de Leila emergió. Ella era una mujer fuerte. Podía soportar la traición, el divorcio y el dolor de la infertilidad, pero jamás permitiría que se rieran de ella en su propia cara. Se estaba muriendo por dentro, sus entrañas eran un nudo de agonía, pero ellos dos nunca verían sus lágrimas. —Muy bien, pues enhorabuena —dijo, clavando sus ojos de hielo en Mike—. Espero que lo hayas disfrutado, porque hoy se te acabó el juego. A partir de este momento, dejas de ser mi esposo. No somos nada. Se giró para marcharse, pero Mike dio un paso rápido, interceptándola. El miedo pintado en su rostro ya no era el de un esposo atrapado; era algo mucho más oscuro y peligroso. —No puedo dejarte ir, Leila. —¡Ja! Si piensas que vas a convencerme de quedarme, estás jodidamente equivocado. —Ese es el problema. Sé que nada te convencerá —la voz de Mike se volvió fría, calculadora—. Y por eso mismo no puedo permitir que te vayas así. Nuestro contrato prenupcial es muy claro: si nos divorciamos por mi culpa, te quedas con la mitad de la clínica y mis bienes. Financieramente, no me conviene que me dejes. Una pizca de asquerosa satisfacción brilló en los ojos del hombre. Leila sintió un escalofrío. Su mezquindad no tenía límites. —Ese es tu problema, Mike. Yo no te obligué a serme infiel con tanto descuido. Eres un monstruo. —Ya sé que es mi problema. Por eso, no te vas a ir de aquí sin solucionarlo. Antes de que Leila pudiera reaccionar, Mike la sujetó del brazo con una fuerza brutal que le dejó marcas instantáneas. La arrastró hacia el escritorio a pesar de sus protestas. Con la mano libre, abrió el primer cajón y sacó un objeto que hizo que el estómago de Leila se congelara: un cuchillo de cocina de mango negro, uno que faltaba en la vajilla de su casa desde hacía meses. Todo había sido fríamente planeado. —Mike... ¿qué estás haciendo? —El terror, puro y viscoso, se filtró en su voz. —Rectificar la situación. Leila comenzó a sacudirse, a pelear por su vida con la fuerza de un animal atrapado, pero el agarre de él era de acero. Mike levantó el arma. Ella cerró los ojos con fuerza, esperando el impacto del metal, maldiciendo el día en que conoció a ese maldito imbécil, resignada a que su vida terminara en esa oficina. Sin embargo, lo que escuchó no fue su propio gemido de muerte, sino un grito desgarrador de Mike. Abrió los ojos de golpe. Mike se había clavado el cuchillo a sí mismo en el lado derecho del pecho, cerca del hombro. Las piernas de su esposo flaquearon y el hombre comenzó a desplomarse tiñendo su camisa blanca de un rojo vivo. Por puro instinto de supervivencia y humanidad, Leila lo sujetó, cayendo al suelo con él, sosteniendo su espalda sobre sus piernas. Fue en ese microsegundo que el verdadero infierno se desató. —¡Auxilio! ¡Ayuda, por favor! —Los gritos de Teresa rompieron el aire, agudos, ensayados, perfectos—. ¡La esposa del doctor Bemont tiene un cuchillo! ¡Lo está asesinando! ¡Que alguien la detenga! Leila miró sus propias manos. Estaban empapadas en la sangre caliente de Mike debido a su intento desesperado por presionar la herida y detener la hemorragia. El arma estaba allí, cerca de sus dedos. La trampa era perfecta. En menos de un minuto, la oficina se llenó de gritos y personal médico. En menos de dos, unos oficiales de policía la levantaban del suelo con rudeza, torciéndole los brazos a la espalda para colocarle las esposas de metal frío. Ese fue el día en que la vida de Leila Bemont cambió para siempre. Atrapada en el asiento trasero de la patrulla, mirando la sangre seca en sus manos, no tenía idea de que lo peor todavía estaba por llegar.






