El ático estaba a rebosar de gente. Maxim reconoció algunos rostros —aunque difícilmente podía recordar sus nombres—, pero la mayoría eran desconocidos para él. Llevó su vaso de brandy a los labios, observando a los asistentes con cierta indiferencia. Era un hecho de que muchos ya estaban pasados de copas. Las risas resonaban con más fuerza, los movimientos carecían de coordinación, y las conversaciones se llevaban en volumen alto.
Mientras observaba lo que sucedía a su alrededor, no pudo evita