Lucía llegó empapada hasta los huesos. Llevaba un paraguas, pero estaba tan mojada como si no lo tuviera; el cabello, húmedo y pegado a la cara.
— ¡Casi no la reconocí!
Pero ni se me pasó por la cabeza sentir pena por ella. Total, Tomás la consolaría al llegar a casa.
— No me importa en realidad lo que le pase.
— Ni a mí lo que te pase.
— ¡No te importa! ¡Lárgate de aquí!
La alegría de reencontrarme con Mercedes se esfumó por completo. Casi saco la escoba para echarla de la casa.
Lucía, con voz