Todavía no fui directamente a buscar a Carlos, sino que llamé a Ana.
Cuando ambas llegamos a la oficina de Carlos, ya era tarde en la tarde.
Al abrir la puerta de la oficina, lo primero que vi fue al hombre reclinado en la silla de su escritorio, con los ojos cerrados, descansando.
Estaba bañado en la suave luz anaranjada del atardecer, y su camisa blanca lo hacía parecer especialmente suave.
Tenía la cabeza ligeramente levantada, y su perfil, normalmente afilado, ahora se veía menos