Hoy, el niño que no habla por fin ha hablado. Pero estaba solo en el cuarto y nadie le ha oído.
Ha ocurrido hace un momento, mientras jugaba con el hámster de Barnabás, el hámster
permanecía quieto sobre su mano. Tan solo los bigotes se le movían un poco, con esa especie de
temblequeo típico de los roedores. Él ha ido levantando la mano muy despacio, por miedo a que
el hámster se asustara, se ha acercado el animalillo a la cara y a media voz le ha susurrado:
–Te quiero mucho.
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–¡Lynne! ¡Lynne!