Margaret Marshall está en su casa de Sloane Street. El salón-biblioteca, forrado de libros, es un
lugar cálido, siempre, incluso en invierno. Un nocturno de Clara Schumann impregna el cuarto
como un perfume antiguo. Las luces encendidas son escasas. A ella le gusta así: vive muy próxima
a la oscuridad. Sobre todo hoy que ha debido afrontar una nueva intervención quirúrgica, un
enésimo pequeño corte para desfigurarle el rostro, ahora ya lleno de cicatrices.
Dentro de poco, el recadero de Harvey