Ya estoy podrido de hacer eso todos los días. El Hugo tiene razón. Esto termina con un cuetazo en la cabeza. En la
nuestra o en la de otro, y yo no quiero ninguna de las dos.
Pero esta es mi vida, viejo, ustedes hagan la suya. Yo veré después qué mierda hago.
Por ese día el hacer de Bardo se redujo a lo de siempre. Ir hasta la casa de Hugo, que ya había cerrado la carpintería y empezaba su transformación cotidiana en
Elizabeth.
—Hola, Bardón —dijo ella—. ¿Cómo pinta todo?
—¿Qué tal, Eli?, ¿cómo