La puerta de la oficina de Ronan se abrió sin llamar, Calista entró con la elegancia felina que siempre la caracterizaba, vestida con un vestido negro ajustado que resaltaba cada curva de su cuerpo y un collar de oro.
—¿Me echas de tu casa? —preguntó ella, con la voz entrecortada por la incredulidad. Sus manos se cerraron en puños a los lados de su cuerpo, y el olor a rabia pura emanó de su piel como humo invisible para el olfato del alfa que levantó la mirada lentamente, sin prisa. Sus ojos