—Gracias, Elizabet. No sabes cuánto disfruto de tus comidas —susurró Lyra, llevando el plato al fregadero con una sonrisa sincera—. Te has lucido con esta pasta —la mujer que ya peinaba algunas canas y llevaba años cuidando aquella casa como si fuera suya, se llevó una mano al pecho conmovida.
—Ay, mi niña… me llena el corazón saber que te ha gustado —respondió con ternura, observándola como si fuera una hija, Lyra le devolvió una sonrisa cálida, pero esta se desvaneció en cuanto sus pensamien