—Por aquí —indicaba Elizabet con firmeza, guiando a una mujer embarazada hacia uno de los salones acondicionados—. Mantengan a los niños juntos, no se separen —murmuraba mientras Lyra por su parte, recibía a cada grupo que cruzaba las puertas de la mansión, tratando de ofrecer algo más que instrucciones: una mirada tranquila, una voz suave, una presencia que calmara.
La mayoría eran mujeres. Algunas con vientres avanzados, otras con bebés en brazos o niños aferrados a sus piernas. El miedo es