Cedric llevaba a Kilani como si no pesara nada.
Su cuerpo colgaba sobre su hombro como un costal de papas mientras él caminaba por el pasillo con absoluta tranquilidad, como si aquella escena fuera de lo más normal. El contraste era absurdo: él, alto, imponente, apenas cubierto por una toalla húmeda; ella, forcejeando, arañando, golpeando su espalda con manos pequeñas y furiosas.
—¡Suéltame! —chillaba la joven humana—. ¡Eres un psicópata! ¡Déjame ir!
Cedric ni siquiera se inmutó.
Abrió