El hombre no esperó una segunda advertencia. Con manos temblorosas, recogió a su hija, la envolvió en una manta y salió de la cabaña con la rapidez de quien huye de un fantasma.
El silencio que quedó fue pesado, un vacío que parecía absorber el aire. Ronan se giró hacia Lyra, sus ojos recorriendo su rostro, buscando cualquier rastro de la corrupción que ella había absorbido.
—Esto no termina aquí —dijo él, y sus palabras sonaron como una sentencia—. Nos están probando.
Ella asintió, aun