Por la noche hice el amor, furiosa, vehemente, descontrolada, con Sebas, esta vez en un hotelucho escondido en la ciudad, no por el temor al fantasma de mi marido, sino que Sebastián estaba convencido que su mujer sabía de sus traiciones y que lo estaba vigilando.
A mí no me importaba eso. En realidad yo era egoísta. No veía más allá de mis narices e ignoraba el drama que padecía Sebas. No había visto los cambios repentinos de su mujer, su enfado, sus ataques con frases con doble sentido y