Me gustaba ver a Rudolph jugando con los bebés. -¿Te van a ver siempre?-, le pregunté esa tarde que les cambiaba sus pañalitos. Él me miraba divertido y le hacía juego a sus hijos practicando muecas y gestos. Ellos reían, se entusiasmaban y querían que él los cargase, estirando sus bracitos impacientes y porfiados.
-Solo hasta que empiecen a recordar las cosas, entonces ya no me podrán ver, es lo que creo-, me confesó trastabillando con su aflicción.
-¿Y yo?-, alcé mi naricita.
-Tú sie