A la mañana siguiente, Ava preparó el desayuno con una rapidez casi mecánica. Le dio la medicina a su madre y, tras dejarla descansando, salió nuevamente hacia la mansión de los Moreau.
Al llegar, se sorprendió al ver a Adrián sentado en la mesa, concentrado en un dibujo. Se acercó en silencio y observó el trabajo del niño. Cuando Adrián la vio, le mostró su dibujo con una sonrisa orgullosa.
—¡Mira, Ava! ¡Te dibujé! —exclamó, con sus ojos brillando con emoción.
Ava se agachó y, al ver la im