—¡Donkan! —gritó con firmeza, levantándose rápidamente de la banca donde estaba sentada. No había tiempo para seguir con sus pensamientos; el niño estaba a punto de cruzar la calle. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia él, con el corazón en la garganta, alcanzándolo justo a tiempo. Lo abrazó con fuerza, llevándolo de nuevo al centro del parque.
—¿Por qué gritas? —le preguntó con preocupación y exasperación. Donkan, alzó los hombros, tan tranquilo como si no hubiera hecho nada fuera de lo común.