El motor seguía vibrando cuando Ethan detuvo el coche frente a su casa. Sus dedos apretaban el volante con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, y el pulso en sus muñecas retumbaba con cada latido. El silencio que lo rodeaba era brutal, como si el mundo entero se hubiera desvanecido. No podía concentrarse, no podía pensar. Sólo había una urgencia en su mente: bajar del coche y llegar hasta Adrián.
En cuanto empujó la puerta, un grito desgarrador perforó el aire, un grito que se clavó