El día estaba acabando y Ava y Ethan no habían vuelto aún. Para Arthur, eso no significaba una buena noticia. No cuando dos pequeños huracanes llamados Donkan y Adrián estaban sueltos en la mansión.
Arthur, siempre impecable, serio y vestido con trajes perfectamente planchados, intentaba concentrarse en su trabajo. Se encontraba en la elegante sala que usaba como oficina improvisada dentro de la mansión de Ethan, revisando documentos con un café en la mano.
Sin embargo, la paz no duró mucho.
—¡