CAPÍTULO 126
El diablo disfrazado
Grayson se sentó pesadamente en su silla de oficina, tamborileando con los dedos a un ritmo nervioso sobre el escritorio pulido. Las luces de la oficina proyectaban un frío resplandor sobre la habitación, reflejándose tenuemente en las paredes de cristal y la pantalla del ordenador, que mostraba las tareas pendientes que había abandonado hacía tiempo en sus pensamientos errantes. Afuera, la ciudad seguía su curso —coches tocando la bocina, luces de neón destellando—, pero dentro, el tiempo se había ralentizado, comprimido en la única y sofocante presión del momento.
El Sr. Lawrence, siempre sereno, estaba de pie junto al escritorio, con los brazos cruzados, observando a Grayson como un halcón examinando a su presa. No había juicio en su mirada, solo la agudeza de quien ha presenciado innumerables crisis, pero nunca ha flaqueado.
—Señor —comenzó en voz baja y mesurada—, no puede quedarse aquí sentado esperando que ella le marque el ritmo de su vida. Ti