Verdad retorcida.
En cuestión de segundos, el ambiente se volvió irrespirable.
La sola presencia de Caleb al lado de su mesa bastó para arruinar por completo la calma que el lugar había conseguido regalarles durante unos minutos, y Emma no hizo ni el menor esfuerzo por disimular el fastidio que le cruzó el rostro.
Le parecía patético, miserable incluso, que se hubiera acercado solo para burlarse de ellos, para lanzar insinuaciones baratas sobre una supuesta