Cuando Nadia abrió la puerta de la casa, lo primero que percibió fue una atmósfera pesada. El silencio no era completo: había voces apagadas, susurros llenos de reproche, y al fondo, sollozos. Avanzó unos pasos, con el corazón apretado por la curiosidad y el presentimiento, y al asomarse a la sala, se encontró con una escena incómoda.
Indira estaba sentada en el sofá, con los ojos hinchados y rojos, y el maquillaje corrido por las lágrimas. Apretaba un pañuelo en la mano con fuerza, como si con