Las puertas terminan de abrirse antes de que yo decida si quiero que lo hagan.
Me sacan del auto tomándome del codo, sin rudeza, solo con firmeza. Las piernas me responden bien. Es la cabeza la que va lenta, todavía asimilando el tamaño de lo que tengo delante.
La hacienda no parece dinero. Parece algo más antiguo que el dinero: piedra gris oscurecida en la base por siglos de lluvia. Las ventanas son tan altas que tengo que levantar la cabeza para encontrar el borde superior. Detrás de mí, la g