“Has estado parada frente a esa ventana durante diez minutos.”Me doy la vuelta rápido, el corazón golpeándome las costillas. Damian está recostado en el umbral de la cocina, brazos cruzados, mirándome como si yo fuera un acertijo que no logra resolver.“No te oí llegar.”“Lo noté.” Sus ojos se desvían hacia la ventana detrás de mí, y luego regresan a mi rostro. “¿Qué estás mirando?”Nada, casi digo. Excepto que eso sería mentira, y ya no quiero mentirme a mí misma aunque siga mintiéndole a él.Hay un hombre al otro lado de la calle. Abrigo gris, manos en los bolsillos, parado junto al buzón como si esperara algo. Ayer también estaba ahí. Abrigo diferente, la misma quietud, como si todo su cuerpo supiera desaparecer dentro de una acera.“Solo cansada”, digo en cambio.Damian no insiste. Eso es lo que ahora me asusta, la forma en que antes hacía una docena de preguntas cuando me veía alterada, y ahora solo observa, cuidadoso, como si ya hubiera decidido qué versión de la verdad está di
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